Hace un par de días, el cuerpo sin vida de Antonio Pettigrew fue encontrado en el asiento trasero de su automóvil, aparentemente por una sobredosis de somníferos.
Su muerte debería abrir un debate amplio sobre uno de los aspectos olvidados dentro de la actual era del dopaje que aqueja al deporte profesional: ¿qué rehabilitación se ofrece a los atletas después de su admisión y penalidad por el uso de este tipo de sustancias?
Pettigrew resulta un caso notable dentro de esta lucha, ya que es de los pocos atletas que admitió de motu propio su culpabilidad y que decidió tomar parte activa como vocero en la lucha contra el doping. Ello le significó conservar su puesto como asistente de entrenador de atletismo dentro del programa atlético de la Universidad de Carolina del Norte (UNC).
“No me arrepiento de la determinación en absoluto, pero en retrospectiva debo admitir que la sigo viendo como una de las decisiones más difíciles que haya tenido que tomar en mi vida”, admitió el Director Atlético de UNC, Dick Baddour, quien agregó que “nos permitió observarlo directamente. Estaba realmente arrepentido, y era muy abierto u honesto respecto de lo que hizo, y toda la gente con la que platicamos así nos lo confirmó”.
Si en un caso como el de Pettigrew, quien aparentemente tuvo el mayor de los arrepentimientos, se presentó este tipo de desenlace, ya sea por suicidio o por accidente, ¿qué problemas internos no pasarán los atletas que se niegan a reconocer su problema, y que esto incluso pueda ser un indicio de que han caído en una adicción irreversible?
Antonio prometía ser el gran rival de Michael Johnson en los 400 metros planos, y al menos así parecía durante el III Campeonato Mundial de Atletismo efectuado en Tokio, Japón, en 1991. Conquistó el oro en el evento individual, con un crono de 44.57 segundos para superar al británico Roger Black (44.62) y a su compatriota Danny Everett (44.63). Fue además el ancla del relevo 4x400 que se llevó la medalla de plata en los mismos juegos, perdiendo por apenas 4 centésimas de segundo ante el relevo británico (2:57.57 contra 2:57.53 de los vencedores).
Sin embargo, el ascenso meteórico de Johnson relegó a todos sus contemporáneos, incluído Pettigrew, a un segundo plano. Por ello resultó tan extraño el casi milagroso retorno que tuvo a partir de 1997, logrando formar parte de la posta estadounidense de 1600 metros en los Mundiales de Atletismo de 1997, ’99 y 2001, así como los Juegos Olímpicos de Sydney 2000.
Lamentablemente, el tiempo demostraría que logró tal resurgir gracias a los químicos del tristemente célebre laboratorio BALCO.
Tanto él como Jerome Young fueron encontrados culpables de doping positivo durante el caso BALCO, lo que significó la anulación y pérdida de medallas de los relevos norteamericanos en todos los eventos arriba citados.
Así pues, el caso de Pettigrew debería ser una llamada de alerta sobre las secuelas no sólo físicas, sino también de personalidad, que las sustancias prohibidas pueden dejar en los atletas, y que pueden manifestarse incluso muchos años después.
Pero… ¿se hará?
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)



No hay comentarios:
Publicar un comentario
Espero sus comentarios a las notas publicadas en este blog. Eso sí, espero que todo comentario sea efectuado con el mismo respeto que ofrezco en mis columnas, ya sea para las mismas o para los comentarios de otros visitantes. ¡Gracias de antemano por su ayuda!