domingo, 28 de marzo de 2010

¿TENEMOS que ser “panboleros”?

Ciertamente la eliminación de la selección nacional para los mundiales de Alemania ’74, España ’82, y en particular Italia ’90, tras el celebre caso de los “cachirules”, fueron golpes altamente traumáticos para la afición nacional, pero el subsecuente éxito al alcanzar el subcampeonato de la Copa América de 1993, y los resultados mercadológicos surgidos de dicha combinación, al parecer convencieron a nuestros medios, publicistas y autoridades deportivas de fomentar una pasión obsesiva y prácticamente exclusivista por el balompié, sólo interrumpida cuando se aproxima alguna edición de olimpíadas veraniegas, y eso cada vez con menos fuerza y solo porque el futbol también forma parte del programa olímpico.
Usted sabe. Lo ha visto en múltiples comerciales a lo largo de los años, como aquello de que si las mamás no existieran nuestra primera palabra no sería “mamá”… pero tampoco “papá”.
Curiosamente, y dado que en este período de apenas 17 años se generó la “maldición de los penalties”, nuestra industria de la publicidad también se ha dedicado a glorificar la tensión de una de las jugadas menos emocionantes del futbol. Como si cuando se hicieran comerciales relacionados al beisbol, se diera más importancia a recibir una base por bolas con casa llena que a conectar un cuadrangular en la misma circunstancia. Lo que cuenta es el resultado, dicen los expertos balompédicos, pero la afición beisbolera siempre recordará más el nombre del bateador que dio ese home run que el de quien recibió ese pasaporte.
Hoy en día estoy convencido de que la carrera de Fernando Valenzuela no habría sido ni por asomo lo que fue en territorio mexicano –no así en Estados Unidos, donde el impacto que tuvo en la cultura latina de aquella nación habría sido igualmente notable- si México hubiera ido a esos mundiales a los que faltó.
Aquellos años también fueron oportunidades notables para otros atletas nacionales, como Julio César Chávez, Salvador Sánchez o aquellos equipos de Copa Davis conformados por Leonardo Lavalle, Jorge Lozano y Francisco Maciel. Esos años nos permitieron incluso ver por última vez en televisión abierta el juego anual de la selección nacional de futbol americano, ver a la caminata nacional alcanzar su punto más alto con tres medallas en Los Angeles ’84, y hasta lo más increíble de todo: ¡rugby sobre la grama del Estadio Azteca!
Hoy en día esos niveles de popularidad están totalmente vedados para quien no sea practicante del balompié, y no hay caso más notorio de ello que el de Ana Gabriela Guevara, la máxima atleta femenil que nuestro deporte jamás haya conocido. ¿Acaso ella no tuvo que dejar el deporte por la puerta trasera, mientras casi al mismo tiempo Kellie Holmes, una atleta británica con una carrera plagada de lesiones y hasta autoflagelaciones comprobadas, era despedida con una vuelta olímpica en un pletórico estadio en Sheffield?
¿Acaso es realmente necesario, para “asegurar” el éxito en el futbol, desarrollar una obsesión fanática y sin miras a ninguna otra disciplina?

LOS EJEMPLOS A SEGUIR
Mucho se ponen ante la afición los casos de Argentina y Brasil como naciones que han basado su éxito en una obsesión casi religiosa por el balompié. Sin embargo, y muy por el contrario, estos dos países representan, junto con Cuba, los más notables ejemplos de diversidad deportiva en toda Latinoamérica.
¿Cómo explicar el hecho de que en un país tan futbolero como Argentina, precisamente en el año en que, por primera vez en la historia, un jugador de esta nación obtuvo el premio “Balón de Oro” al mejor futbolista del mundo, la designación al Deportista del Año en ese país haya recaído en un tenista?
Además de que durante muchos años la Argentina ha sostenido una impresionante cantera de tenistas, que hoy encabeza el flamante campeón del US Open, Juan Martín del Potro, la oferta deportiva en la nación rioplatense incluye disciplinas poco practicadas en el resto de Latinoamérica, como el rugby, donde ocuparon el tercer lugar en el último mundial, el hockey sobre pasto (campeonas mundiales femeniles en 2002), el polo y las disciplinas sobre patines de ruedas, donde no hay otro país que represente a nuestra región a un nivel ni siquiera cercano. Y por supuesto no olvidemos el caso del básquetbol, donde Argentina se proclamó como el primer país diferente a los Estados Unidos y la extinta Unión Soviética en conseguir el oro olímpico, en Atenas 2004.
En cuanto a Brasil, la nación “panbolera” por excelencia, este país ha demostrado un nivel de clase mundial en disciplinas como tenis, básquetbol, volibol y, desde luego, no podemos olvidar su aparentemente inagotable cantera de pilotos de autos de carreras, forjada por los éxitos de Emerson Fittipaldi y Carlos Pace, y a quienes han seguido nombres tan notables como los de Nelson Piquet, Mauricio Gugelmin, Rubens Barrichello, Gil de Ferrán, Cristiano Da Matta y quien para muchos es simplemente el mejor conductor de todos los tiempos: Ayrton Senna da Silva.
Por otro lado, quizás mucha gente alumbrada por la luz de la “pasión panbolera” quizás no lo recuerden, pero por años y años se escudó nuestro magro nivel deportivo en la pobre genética que nos fue heredada por España. De hecho, nuestro país, sin ser ninguna maravilla deportiva, tenía muchas más medallas olímpicas que España al efectuarse el desfile inaugural de las Olimpíadas de México ’68.
Después de Barcelona ’92, es de sobra conocido el gran “boom” del deporte español en muchas disciplinas, incluido el futbol.
Esa excusa, pues ya no existe, pero nuestro país sigue empecinado en centrarse única y exclusivamente en el futbol.
Desde luego no es mala la afición que despierta el balompié, pero tampoco lo es la que despiertan otros deportes. Y está más que comprobado que, con un poco más de conocimiento acerca de las diversas disciplinas que difundan los medios, es falso que solamente el futbol pueda generar altos niveles de pasión y orgullo nacional.

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