Debo admitir que me gustaría ver llegar el día en que el deporte femenino deje de ser medido en base a comparaciones absurdas con la práctica varonil. Espero que los eventos deportivos de damas sean catalogados como “buenos” o “malos” en base a sí mismos.
Lamentablemente, todo indica que faltan muchos años para que ese día llegue.
Recuerdo hace tiempo, cuando Steffi Graf dominaba el tenis femenil y en el tenis masculino, tras los retiros de figuras como Bjorn Borg, John McEnroe e Ivan Lendl, no había un claro dominador entre los varones, cómo un comentarista deportivo nacional, cuyo nombre no mencionaré pero tal vez lo recuerden, declaraba “el tenis varonil es mejor porque entre las mujeres ya se sabe quién va a ganar. Entre los hombres la competencia es más pareja”.
Años después, cuando Federer y Nadal monopolizaron el tenis masculino, y el ascenso del tenis en Europa del Este provocó una muy interesante competencia entre las damas, exactamente el mismo comentarista declaró: “El tenis varonil es mejor porque entre las mujeres no hay una figura representativa”
¿Por qué no decir simplemente “el tenis varonil es mejor porque soy un macho chauvinista y lo digo yo”?
Pero incluso entre las mujeres, las menos femeninas suelen ser más valoradas. Hace unos pocos años, la prensa estadounidense comentaba que la tenista belga Kim Clijsters jamás llegaría a ser la número uno del mundo porque “le faltaba el instinto asesino” de las grandes campeonas, como su compatriota Justine Henin, la rusa Maria Sharapova y, por supuesto, las hermanas Williams. Incluso por aquel tiempo, Serena Williams declaraba que cambiaría su atuendo de blanco a negro y que aplicaría “la filosofía de Mike Tyson” al tenis.
Poco después de ganar su primer Grand Slam, el Abierto de los Estados Unidos 2005, Clijsters anunció su retiro para dedicarse a la menos asesina de las tareas de una deportista: ser mamá.
Olvídense de ella. Las Williams permanecerán en el candelero por muchos años. ¡Ajá!
Hoy, las hermanas Williams son recurrentemente perseguidas por lesiones; Justine Henin, hace poco más de una semana, anunció su segundo y muy probable definitivo retiro del deporte blanco, al cual regresó a los pocos meses de que su compatriota ganara su primer torneo grande desde su retorno, el US Open 2009, luego de ganar una semifinal en la que Serena Williams sacó a relucir ese instinto asesino que tanto le pedían los medios, perdiendo un punto para partido en contra al amenazar de muerte a una juez de silla por marcarle una falta de pie.
Hace unos días, Clijsters ganó el cuarto Grand Slam de su carrera, el tercero tras regresar del retiro y el primero que obtiene fuera de Flushing Meadows, tras vencer en el Abierto de Australia a la sorprendente tenista china Na Li, con lo que se colocó como la tenista número dos del mundo.
Y por cierto, la actual número uno, la danesa Karoline Wozniacki, todavía no ha ganado un evento de los cuatro grandes en su carrera. Ya me parece escuchar a los comentaristas deportivos acusándola de falta de instinto asesino.
Este fin de semana, Clijsters encabeza al equipo Copa Federación de Bélgica que recibe a los Estados Unidos en el Grupo Mundial del máximo evento tenístico femenil. Las tenistas americanas suman cero torneos de Grand Slam ganados en sus carreras.
Seguramente la prensa estadounidense seguirá hablando de crisis en el deporte blanco, pero lo de Kim Clijsters sin duda es de destacar.
“No necesitas odiarlas para derrotarlas” ha sido el lema de toda su carrera. Y a las pruebas se remite.
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