Al respecto del lanzamiento de la campaña “Iniciativa México”, quisiera contarles tres anécdotas que espero sirvan para ilustrar mi postura y mi compromiso al respecto.
Hace tiempo, se levantó una fuerte polémica cuando la entonces presidenta del Comité Organizador del Abierto Mexicano de Tenis, Lisette Trepaud, anunció que los tenistas mexicanos no recibirían invitaciones “wild card” debido a su bajo nivel, y que tendrían que participar del torneo de calificación. Mi jefe en aquel entonces, no entendía mi postura personal de apoyo a la iniciativa de Trepaud.
“Lo que pasa es que tú no entiendes lo que se siente al estar en una tribuna y escuchar el ‘México, México, México’. Eso no lo entiendes”, me dijo.
“Claro que lo entiendo, igual que cualquiera. Lo que no entiendo es por qué nuestros atletas no sientan el hambre de ganarse esos lugares. Yo no quiero que los mexicanos ganen, quiero que MEREZCAN ganar”, fue mi respuesta.
El tenista que había ganado el campeonato nacional de ese año, declaró que él “no tenía por qué jugar una calificación, puesto que él no tenía qué demostrarle nada a nadie”.
Dudo que algún otro tenista rankeado en el lugar 432 del mundo en su momento haya dicho algo así.
ANA Y ADRIANA
Otra anécdota sucedió con respecto a dos destacadas atletas mexicanas, cuyos apellidos no diré, pero el contexto de la situación seguramente les permitirá recordar cuáles son.
Ana era sin duda la más destacada y querida atleta mexicana del momento. Adriana también destacaba, pero en una modalidad muy diferente. Un buen día, Ana fue invitada a dar la campanada de apertura al inicio de operaciones de la bolsa mexicana de valores. Esa misma mañana, uno de los principales diarios deportivos del país publicaba en páginas centrales y con enorme letra: “NADIE LE QUITA EL PND A ANA”.
Ese día, debido a un embotellamiento de esos que, según nuestros líderes, sólo existen en la imaginación de los trabajadores indolentes, Ana no pudo llegar a tiempo a la apertura de las operaciones bursátiles, dejando plantados a varios políticos y líderes financieros del país. Al día siguiente, en las mismas páginas centrales y con el mismo tamaño enorme de tipografía, el mismo diario señalaba: “LO MERECE MAS ADRIANA”.
¿Adivina usted quién ganó el PND (Premio Nacional del Deporte) en esa oportunidad?
Así fue: Adriana lo ganó. ¿Acaso eso no da en qué pensar?
LA CHICA BAHAMEÑA
La tercera volvió a involucrar a la misma Ana, quien un año antes fuera ama y señora de su especialidad, pero en pleno año olímpico estuvo muy lesionada por cumplir compromisos a los que patrocinadores muy importantes la obligaron a cumplir y que sin duda retardaron su recuperación. Entre tanto, una corredora de Bahamas brilló en esa temporada con casi igual fuerza que Ana en la anterior.
Cuando llegó la olimpíada, no faltaron los medios que rogaban porque a la bahameña le sucediera algo, lo que fuera, que abriera la puerta a la coronación de Ana.
El día de la gran final, mi jefe me preguntó qué esperaba de Ana, y por supuesto, quería apostar en el resultado. Yo nunca he sido de apostar, pero le comenté que yo, como cualquiera, deseaba que Ana ganara en buena lid esa carrera. Agregué: “Estamos de acuerda en que, en este momento, la mejor del mundo es la bahameña?”.
Mi jefe no me contestó. Minutos después, Ana daba su mejor esfuerzo y ganaba una meritoria medalla de plata, tanto como la de oro que ganó la chica de las Bahamas.
Yo no vi nada por qué sentirse defraudado por Ana, pero sé que muchos, hasta la fecha, así lo sienten porque, después de todo, “el segundo lugar es el primer perdedor”. Para mí esas son patrañas.
MIS CONCLUSIONES
Por eso, hoy que preguntaban que deseo de México, lo reitero:
Deseo un México donde, ganen o no, los mexicanos merezcan ganar y se preparen para ello. Si mi país es un país para cuatro medallas olímpicas, y para ganar más debe crear “esclavos del deporte” que se conviertan en laboratorios humanos desechables y decrépitos a los 40 años, prefiero que siga siendo un país de cuatro medallas. Lo que no creo es que sea un país que mande 90 atletas para ello, cuando su economía dicta que debe mandar de 20 a 40 máximo para los mismos resultados.
Deseo un México donde los gobernantes y los líderes finalmente comprendan que no hay salario, grito o decreto más efectivo que el ejemplo. Lamentablemente, hoy vivimos en un México donde el poder se ostenta y se presume demostrando que se está por encima de la ley, cuando son los gobernantes los primeros que deberían demostrar cómo se ciñe uno a tales leyes.
Deseo un México que busque la justicia, y no simplemente invertir lo injusto. Esa práctica sólo genera injusticias iguales o mayores que las originales, pero de la polaridad contraria.
Deseo un México que dé más importancia a los atletas que han demostrado merecer esa importancia, que aquellos para quienes es más fácil para los medios. ¿Por qué no dar más recursos a los atletas paralímpicos que a los futbolistas, si los resultados hablan por sí mismos?
Deseo que quienes somos “chapados a la antigua” no seamos vistos ahora como “el nuevo taboo”. Habemos quienes creemos que “reinventarse o morir” debe tener ciertos parámetros que no deben cambiar, o que al menos, nosotros tenemos el derecho de elegir no cambiarlos mientras no dañemos a nadie. En este sentido yo digo, “tomen a los Ron Artest del mundo, y déjenme a los Tim Duncan”.
Finalmente, deseo que columnas como esta, algún día, ya no tengan que escribirse bajo seudónimo. Espero que cuando ese día llegue sea Gamaliel Hernández quien me lo diga. ¿Usted ha escuchado, en medio de todos los homenajes y recuerdos del deterioro de nuestro país que se han hecho, que alguien lo recuerde?
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es genial
ResponderEliminar¡Mil gracias por el comentario! Te prometo que próximamente este blog retomará el paso de sus inicios, en buena medida gracias a tí. ¡Saludos!
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