Resulta muy difícil el pensar que alguna vez veamos a un atleta de nuestro México ganar cuatro medallas olímpicas… casi tanto como esperar que los medios de comunicación no vean una gran rivalidad entre dos atletas sin fomentar que se expresen mutuamente los peores deseos, tanto en su vida deportiva como incluso en la personal.
Hubo quienes una vez disfrutaron y publicaron a ocho columnas el que dos boxeadores mexicanos se agredieran durante una conferencia de prensa.
Sin embargo, hubo una época en la que ser rivales deportivos no tenía por qué ser sinónimo de enemistad, y donde incluso atletas con un terrible pasado de adversidades a cuestas podían disputar el oro olímpico sin tener que lanzarse miradas fulminantes para beneplácito de ciertos periodistas.
Tales fueron los ejemplos que legaron Joaquín Capilla y Sammy Lee, una rivalidad que llevó al deporte de los saltos ornamentales a otro nivel, todavía entre las cenizas de la Segunda Guerra Mundial.
DEMONIOS ADENTRO Y AFUERA
Joaquín Capilla, según él mismo aceptara en entrevista al diario nacional “La Jornada”, tuvo que afrontar los demonios internos de un alcoholismo que empezó a forjarse desde que apenas tenía cinco años de edad.
Sammy Lee tuvo que afrontar los prejuicios de vivir en una sociedad donde las personas de facciones asiáticas eran simplemente “el enemigo nipón”. No importaba el ser hijo de inmigrantes coreanos; después de todo, Corea era una colonia japonesa en aquellos años. Las gentes de ascendencia asiática enfrentaban los mismos prejuicios que la gente de raza negra.
Joaquín Capilla dejó de lado sus planes de titulación para perseguir el oro olímpico para México. Por el contrario, Lee aprovechó la pausa de la guerra para prometer a su padre que lograría tanto un título en Medicina como una medalla olímpica. Ambos lograrían sus objetivos.
Lee superó a Capilla en Londres ’48 y Helsinki ’52, siendo el primer slatador en la historia en defender el título olímpico en la plataforma de 10 metros, además de que, a los 32 años de edad, se mantiene como el clavadista de mayor edad en obtener un oro olímpico.
Cuatro años después, mientras Lee servía en la milicia estadounidense en el territorio de sus ancestros, durante la guerra de Corea, Capilla se encaminaba a lograr por fin su propio sueño y obtener el oro olímpico en Melbourne ’56, primer clavadista no estadounidense en lograron desde el alemán Paul Guenther, en el trampolín de tres metros durante los Juegos de Estocolmo 1912.
Capilla es hoy por hoy, y seguramente lo será por muchos años más, el máximo ganador de medallas en la historia del olimpísmo nacional; Sammy Lee es un nombre más entre la enorme lista de medallistas olímpicos estadounidenses, pero sigue siendo todo un ícono para la comunidad asiático-americana; el primer clavadista no caucásico que logró un título nacional de los EE.UU., en 1942.
Mientras que Capilla pensaba en suicidarse en las vías del metro, en 1987, Lee había entrenado a campeones de los saltos ornamentales como Bob Webster y Patricia McCormick, e incluso había encaminado los primeros pasos en el alto rendimiento de un joven medallista de plata en Montreal ’76, llamado Greg Louganis.
Capilla llegó a ser considerado uno de los “Cuatro Ases” del deporte mexicano en los años 50’s, al lado de jinete Humberto Mariles, el beisbolista Roberto “Beto” Avila y el boxeador Raúl “Ratón” Macías. Curioso, pero así se les reconocía sin que hubiera un futbolista en este selecto grupo. Y miren que hablamos de los años en que brillaban con luz propia Horacio Casarín y Antonio “Tota” Carbajal.
Lee fue representante personal de tres presidentes de su país en Juegos Olímpicos: de Dwight Eisenhower en Melbourne ’56; de Richard Nixon en Munich ’72 y de Ronald Reagan en Seúl ’88. Fue jefe de entrenadores del equipo estadounidense en Roma ’60, y de los equipos de Japón y Corea del Sur en Tokio ’64.
Joaquín Capilla, quizás sin proponérselo, fue el primer estandarte de una escuela mexicana de clavados que hasta la fecha genera un importante porcentaje de las pocas medallas olímpicas a las que puede aspirar nuestro país. Lee fue el arquitecto de la última gran era de los saltos ornamentales de los Estados Unidos, los cuales se verían desbordados con la espectacular irrupción de los representantes de la República Popular de China en el panorama olímpico, a partir de Los Angeles ’84.
Capilla falleció la noche del sábado pasado a los 81 años de edad. A sus 88 años, el destacado otólogo Samuel Lee vive un feliz retiro en Huntington Beach, California, y se mantiene como una figura altamente respetada del olimpísmo estadounidense.
Si no hubiera recibido el Premio Nacional del Deporte en 2009, por su destacada trayectoria, quién sabe qué tanto habrían escuchado las más jóvenes generaciones de aficionads mexicanos a los clavados sobre la trayectoria de Joaquín Capilla.
¿Las comparaciones son odiosas? No tanto, cuando de dos figuras ejemplares se trata.
Ambos finalmente superaron obstáculos insalvables para la mayoría de nosotros para llegar a lo más alto de su disciplina deportiva.
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